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PERROS/CRONICAS/MATANZA DE PERROS

Matanza de perros

Ernesto Ávila

En el Archivo Histórico del Ayuntamiento de la Ciudad de México, puede consultarse el volumen Matanza de perros, 1703-1903, que uno asocia de inmediato con el ensayo de Robert Darnton La gran matanza de gatos, pero que en realidad nada tienen que ver entre sí. A simple vista, el principal atractivo del legajo radica en que concentra los informes remitidos al cabildo por los encargados de llevar a cabo la matanza de los perros que proliferaban en la capital. Casi todos los expedientes, en efecto, se refieren al número de perros sacrificados por los guardas del alumbrado semana por semana y mes por mes. Sin embargo, si uno lee los documentos con atención, es posible escuchar las voces y los discursos emitidos alrededor de los perros.

Uno puede advertir así el discurso médico, que apuesta, de acuerdo con cada época, por el exterminio total de esos animales o a favor de su extinción parcial y de una menos dolorosa manera de liquidarlos; el discurso de los higienistas, tratando de convencer a la población variopinta de la ciudad de los peligros que representan los perros para la salud; el discurso económico, que se pregunta con insistencia ¿cuánto cuesta matar un perro?; y el del gobierno de la ciudad, cuya pregunta más general es ¿qué hacer con los perros?

También está presente el discurso de los ministros de la iglesia, quienes desde el púlpito satanizan a los perros, y a veces, en nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, pugnan por su desaparición radical. De igual forma, aunque menos nítidas, se perciben las voces de la gente ordinaria, quienes consideran a los perros como de la comunidad y los protegen en tiempos de matanza; y las de los encargados directos de la misma: los guardas mayores del alumbrado, los alcaldes de ciudad, los cabos y los serenos.

No obstante, todos estos discursos pueden ser englobados solamente en dos: uno conservador que se prolonga a lo largo de la colonia, con menor o mayor furia; y otro liberal, que coincide con la secularización de la vida en México, a partir de la primera República representativa federal, y hasta su consolidación en la Reforma, con el enfrentamiento definitivo entre el clero y el Estado liberal anticlerical del régimen juarista. En estos dos grandes momentos preguntas tales como: ¿por qué matar a los perros?, ¿cómo? y ¿cuándo hacerlo?, tendrán respuestas diferentes.

La existencia en el Archivo del Ayuntamiento del volumen Matanza de perros, y de los documentos sobre la misma materia resguardados tanto en este como en otros archivos, demuestra que los perros no fueron invisibles y la importancia que tuvieron para la administración española desde el comienzo de la colonia, y durante el México independiente.

Uno de los primeros expedientes del legajo evoca una atmósfera de catástrofes medievales, pues se refiere a la "mortandad de hombres y mujeres a causa de los perros de rabia". He aquí el texto completo.

 

Es común el desconsuelo con que se halla la República de las muertes que han acaecido en muchos hombres y mujeres, por haberlos mordido perros rabiosos, cuyo argumento evidente se percibe en los muchos perros que se han visto con rabia por las calles y después morir con ella; como también de otros hombres y mujeres sin haberlos mordido perro ni otro animal rabioso. [...] Les ha acaecido este accidente por el contagio y corrupción del aire del vapor de los animales muertos, pues siendo harto las bestias muertas reciben la impresión del aire que infezina por la respiración necesaria [...], y de unos y otros se puede temer se haga Universal Epidemia irreparable. Y aunque la altísima Providencia de V. Exma. tiene providamente mandado se exterminen y se entierren todos los perros muertos, [sigue] siendo el cúmulo de los que quedan vivos muy crecido en todas las calles de esta corte y expuestos al mismo accidente y el Pueblo a la injuria de su Rabia; en esto como en todo el vigilante cuidado de V. Exma. afanado por la pública utilidad, mandara como siempre lo mejor. México y sala de Nuestra Audiencia y Abril 23 de 1709. Joseph Brizuela.

En la Ciudad de México a 29 días del mes de Abril de 1709. El S. Dn. Nuño Nuñez de Villavisencio Caballero de la Orden de Santiago, Corregidor desta Novilisima Ciudad por el Rey Nuestro S.= Por cuanto al Exmo. Sr. Duque de Albuquerque, Virrey Gobernador y Capitán General de esta Nueva España, le hizo representación el tribunal del Prothomedicato, sobre el desconsuelo con que se halla la República de las muertes que han acaecido en muchos hombres y mujeres por haberlos mordido perros rabiosos; y también el contagio y corrupción que se percibe de los animales muertos, que con la impresión que infezina el aire, se contagian de unos y otros, y se puede hacer universal epidemia e irreparable por el sumo veneno que le concita; que con lo que respondió el S. Fiscal de S. M. se sirvió su Exma. resolver el que se hagan matar todos los perros, excepto los que se hallan atados en cadena, para guarda de las casas, y se saquen a distancia de la Ciudad, donde profundamente se entierren; en cuyo obedecimiento, y para que se ejecute lo así resuelto por su Exma. mandaba y mando que todos los vecinos de esta Ciudad, así los que viven en el centro della, como en sus Barrios y Arrabales y condición que sean, que hubieren perros en sus casas los maten o manden matar para excusar el peligro en que se halla toda la Ciudad de infectarse; y padecer una universal epidemia; lo cual hagan y ejecuten dentro de seis días, con apercibimiento que además de que se mandaran matar, se procederá a lo que hubiere lugar en derecho. Y los dichos perros muertos los echaran y pondrán en las plazuelas y partes que para ello están asignadas, y pregonadas por mandado de su merced, para que desde allí se saquen y lleven todos los días a las albarradas y partes distantes de esta Ciudad, donde se harán unos fosos muy profundos donde se entierren y tapen; y también se sacarán los caballos y otros animales que mueran, para hacer la misma diligencia. Y para que llegue a noticia de todos, y ninguno pretenda ignorancia, se pregone este Auto en las partes que convenga de esta Ciudad y de los Barrios y Arrabales de ella: y así lo proveyó y firmó.

Gabriel de Mendieta

 

 

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