Diario de un perro
Ruth Icazbalceta Ormond
El Diario de un perro no es sobre mi mascota: sin embargo,
sí es la vida de muchos perros desafortunados que fueron
comprados en un momento de capricho o sin pensar, por dueños
irresponsables que no se interesan en su mascota, ni se tientan
el corazón en echar un perro a la calle. Tal vez no se han
puesto a pensar todo lo que pasará ese pobre animalito.
Este cuento es lo que esos perros nos platicarían
en realidad, si pudieran hablar. Está dedicado a ellos, tratando
de sensibilizar a sus dueños.
1 semana. Hoy cumplí una semana de nacido
¡que
alegría haber llegado a este mundo!
1 mes. Mi mamá me cuida muy bien. Es una mamá ejemplar.
2 meses. Hoy me separaron de mi mamá. Ella estaba muy inquieta,
y con sus ojos me dijo adiós, esperando que mi nueva familia
humana me cuidara tan bien como ella.
4 meses. He crecido rápido: todo me llama la atención,
hay varios niños en la calle que para mí son mis hermanitos.
Somos muy inquietos, ellos me jalan la cola y yo los muerdo jugando.
5 meses. Hoy me regañaron. Mi ama se molestó porque
me hice pipí adentro de la casa; pero nunca me han enseñado
donde hacerlo. Además, duermo en la recámara.
¡ya no aguantaba!
8 meses. Soy un perro feliz. Tengo el calor de un hogar me siento
tan seguro, tan protegido. Creo que mi familia humana me quiere
y me consiente mucho. Cuando están comiendo me convidan.
El patio es para mí solito y me doy vuelo escarbando como
mis antepasados los lobos, cuando esconden su comida. Nunca me educan,
ha de estar bien todo lo que hago.
12 meses. Hoy cumplí un año. Soy un perro adulto.
Mis amos dicen que crecí mucho más de lo que ellos
pensaban. Que orgullosos se deben sentir de mí.
13 meses. Qué mal me sentí hoy. Mi hermanito
me quitó la pelota. Yo nunca le agarro sus juguetes. Así
que se la quité. Pero mis mandíbulas son muy fuertes,
así que lo lastimé sin querer. Después del
susto, me encadenaron, casi sin poderme mover, al rayo del sol.
Dicen que van a tenerme en observación y que soy ingrato.
No entiendo nada de lo que pasa.
15 meses. Ya nada es igual
vivo en la azotea. Me siento
muy solo
mi familia ya no me quiere. A veces se les olvida
que tengo hambre y sed. Cuando llueve no tengo un techo que me cobije.
16 meses. Hoy me bajaron de la azotea. De seguro mi familia me
perdonó. Yo me puse tan contento, que daba saltos de gusto.
Mi rabo parecía rehilete. Encima de eso me van a llevar con
ellos de paseo. Nos enfilamos hacia la carretera y de repente se
pararon. Abrieron la puerta y yo me bajé feliz, creyendo
que haríamos nuestro día de campo. No comprendo por
qué cerraron la puerta y se fueron.
"¡Oigan esperen!", ladré
"se
olvidan de mí." Corrí detrás del coche
con todas mis fuerzas. Mi angustia crecía al darme cuenta
que casi me desvanecía y ellos no se detendrían: Me
habían abandonado.
17 meses. He tratado en vano de buscar el camino de regreso a casa.
Me siento y estoy perdido. En mi sendero hay gente de buen corazón
que me ve con tristeza y me da algo de comer. Yo les agradezco con
mi mirada y desde el fondo de mi alma. Yo quisiera que me adoptaran
y sería leal como ninguno. Pero sólo dicen "pobre
perrito", se ha de haber perdido.
18 meses. El otro día pasé por una escuela y vi muchos
niños y jovencitos con mis "hermanitos". Me acerqué
y un grupo de ellos, riéndose, me lanzó una lluvia
de piedras a ver quién tenía mejor tino. Una de esas
piedras me lastimó un ojo y desde entonces ya no veo con
él.
19 meses. Parece mentira, cuando estaba más bonito se compadecían
de mí. Ya estoy muy flaco; mi aspecto ha cambiado. Perdí
un ojo y la gente más bien me saca a escobazos cuando pretendo
echarme en una pequeña sombra.
20 meses. Casi no puedo moverme. Hoy, al tratar de cruzar una calle
por donde pasan muchos coches, uno me arrolló. Según
yo estaba en un lugar seguro llamado cuneta, pero nunca olvidaré
la mirada de satisfacción del conductor, que hasta se ladeó
con tal de centrarme. Ojalá me hubiera matado, pero sólo
me dislocó la cadera. El dolor es terrible, mis patas traseras
no me responden y con dificultades me arrastré hacia un poco
de hierva a la ladera del camino.
Tengo diez días bajo el sol, la lluvia, el frío,
sin comer. Ya no me puedo mover. El dolor es insoportable. Me siento
muy mal; quedé en un lugar húmedo y parece que hasta
mi pelo se está cayendo. Alguna gente pasa y ni me ve; otras
dicen "No te acerques".
Ya casi estoy inconsciente; pero alguna fuerza extraña me
hizo abrir los ojos. La dulzura de su voz me hizo reaccionar. "Pobre
perrito, mira como te han dejado", decía
junto
con ella venía un señor con bata blanca, empezó
a tocarme y dijo: "Lo siento señora este perro ya no
tiene remedio, es mejor que deje de sufrir". A la gentil dama
se le salieron sus lágrimas y asintió. Como pude,
moví mi rabo y la miré agradeciéndole me ayudara
a descansar. Sólo sentí el piquete de la inyección
y me dormí para siempre pensando por qué tuve qué
nacer si nadie me quería.
La solución no es echar el perro a la calle, sino educarlo.
No conviertas en problema una grata compañía.
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