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Mi primo Luis
(Tercera parte... )
Con el ánimo tambaleante pero aún en alto, Luis buscó
un lugar más apropiado para depositar las necesidades
de Crig, el que encontró rápidamente en un parque
cercano, entre un árbol de mediano tamaño y un seto
que dificultaba la visibilidad a los curiosos. Durante una feliz
semana, Luis y Crig acudieron puntualmente al lugar y constataron,
con satisfacción, que el patio de su casa ya no se ensuciaba,
que las moscas ya no se arremolinaban en él y que aquel desagradable
olor ya no colmaba al antecomedor mientras comían.
También pudieron constatar, sin embargo, que el pequeño
remanso que les había ofrecido hasta entonces su discreción
y privacidad se parecía cada vez más a uno de esos
antiguos baños de gasolinera, en los que era más difícil
permanecer el tiempo suficiente para orinar, que aguantarse a llegar
al final del viaje para usar el baño de visitas.
Otros intentos incluyeron sobornar a la mucama de la casa, que
más tardó en comprender que ponía en riesgo
la educación de Luis que en informar a sus padres para que
tomaran cartas en el asunto y pusieran orden, recordándole
a Luis que Crig era su responsabilidad, y que había sido
él quien insistiera en la conveniencia de tenerla como mascota.
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