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Mi primo Luis
(Segunda parte... )
Como es de suponerse, las primeras dos o tres semanas todo funcionó
de maravilla: mi primo no escatimaba tiempo ni esfuerzo con tal
de mantener en magníficas condiciones a Crig. Bueno, hasta
era capaz de levantar la popó, ponerla en una bolsa
y tirarla al basurero. Las cosas, sin embargo, empezaron a ser más
difíciles a partir de la cuarta semana.
Tal vez por el cansancio acumulado de esos primeros 20 días,
por demás intensos en tareas extraordinarias para él,
Luis empezó a descuidar algunos aspectos de la crianza de
Crig. Lo más grave, sin duda alguna, fue cuando empezaron
a acumularse pequeños montecitos de excremento en el patio
que le sirve de comedor y dormitorio. Después de cuatro o
cinco días, el insoportable aroma penetraba inmisericorde
a través de la ventana y contribuía a crear un molesto
ambiente en la cocina y el antecomedor de la casa, sobre todo a
la hora de la comida. Esta situación, por supuesto, no podría
prolongarse. Había que hacer algo.
A Luis se le ocurrieron varias alternativas, todas las cuales puso
en práctica con tal de liberarse de la tediosa tarea de recoger
la popó y limpiar el patio todos los días.
Lo primero que intentó fue sacar a Crig a pasear todos los
días, unos 15 minutos después de su comida, para conseguir
que defecara en la calle, de preferencia, en un pastito muy a propósito
que se encontraba frente a la casa de la vecina. Desafortunadamete
a la vecina no le pareció tan buena idea, y a la segunda
ocasión que lo pilló in fraganti y lo amenazó
con acusarlo de daños a bienes de la nación y ponerlo
a disposición del ministerio público, para que se
hiciera cargo de él y de su dichoso animal.
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