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Maneki Neiko o el gato que saluda
MVZ Irene Joyce Blank Hamer
En
Japón, Hawaii, San Francisco y otros lugares del Pacífico,
existen figuras de gatos de varios tamaños, casi siempre
hechas de porcelana. El gato está sentado con una mano levantada
pegada a la cabeza, ya sea del lado derecho o del izquierdo, en
actitud de saludar o llamar. Invariablemente son de color blanco
con una mancha negra grande en cada pata, en la cabeza y la espalda;
la cola es totalmente negra; tienen un collar rojo del que cuelga
un cascabel dorado; los ojos son negros, de mirada tierna, de aspecto
obviamente oriental; algunos de estos gatos detienen con una de
sus manos unas palabras en japonés, de buena suerte.
Estas figuras, o Maneki Neiko, se venden con gran éxito
por dos leyendas japonesas. En un atardecer, cuenta la primera,
un príncipe regresaba a caballo a su castillo por un bosque,
cuando de repente se atravesó un gato que se paró
frente a su brioso caballo. El príncipe, que como todos los
japoneses amaba a los gatos, para no lastimarlo detuvo su caballo
y lo dirigió hacia un lado del camino. Pero el gato se paró
una vez más impidiéndole el paso; entonces el príncipe
se hizo para el lado contrario y el gato por tercera vez se colocó
frente a él. Al ver la insistencia del gato en su deseo de
impedirle el paso, el joven se preguntó qué era lo
que estaba tratando de decirle. Como si el gato le hubiera leído
la mente, lo llamó con su mano hacia una vereda y el príncipe
lo obedeció. La vereda conducía a un pequeño
templo abandonado y como ya comenzaba a oscurecer, decidió
pasar allí la noche. Desde el templo, su escolta descubrió
que en el camino en que iban, les habían tendido una emboscada
para matar al príncipe. Este, en agradecimiento a aquel que
lo había salvado, mandó reconstruir el templo y mantener
a los gatos que ahí vivían.
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